Fantasmas
31.05.2026

 

Duermo con fantasmas. Durante el día son discretos, caminan unos pasos por detrás. Se esconden entre reuniones, urgencias, listas de tareas y apenas noto su presencia. Pero la noche les pertenece.

Algunos tienen nombre y apellido. Hipoteca. Enfermedad. Ruptura. Otros son una inquietud difusa, una sospecha, una melancolía que se siente en el pecho como una humedad. A veces ni siquiera sé describir qué me preocupa, sólo noto su peso. La noche se rige por su propia ley de la gravedad.

Cuando la casa queda en silencio y el mundo deja de reclamar atención, la mente comienza a trabajar en turno de noche. Fabrica escenarios improbables, imagina amenazas. La misma imaginación que nos ayuda a crear, a construir sueños también los derrumba. No podemos matar a los fantasmas sin amputar una parte esencial de nosotros.

Con los años he comprendido que la tranquilidad no consiste en ahuyentar a los fantasmas sino en hacerles sitio. Siempre hay alguno aguardando al otro lado de la noche y, cuanto más empeño ponemos en expulsarlo, más se aferra a la almohada.

Prefiero invitarles a que se sienten un rato en el borde de la cama y escuchar el sonido de sus cadenas. Al cabo de un tiempo se quedan sin argumentos, terminan agotados. Entonces sí, consigo cerrar los ojos.

La mayoría de nuestros fantasmas no llegan a ver la luz del día. Se disuelven con el amanecer, cuando la vida vuelve a llenar la casa de ruido. Me levanto, abro las persianas y regresan a las paredes de las que salieron. Al menos hasta la noche siguiente.

Publicado en El Diario vasco el sábado, 30 de Mayo de 2026.

Foto.- La Noche. Darwin Eco-système. Bordeaux, 2021.

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