Ex
13.09.2022

 

Nada es más silencioso que el sonido del cabello mientras se vuelve gris. Al tiempo le gusta pasar desapercibido pero avanza con paso firme, implacable, hasta que nos da alcance. De todas las fronteras que cruzamos durante este viaje la más agreste, la más escarpada, es la que delimita el paso de la edad joven a la madura. No omito la mediana edad por olvido sino porque está desapareciendo, del mismo modo que se desvanece la clase media.

Hay un punto del trayecto en que te haces consciente de que tienes más pasado que futuro. Es frecuente, en ese momento, desarrollar la enfermedad del apego, intentar alargar, por amor o por dolor, los tiempos vividos. Hasta ahora, el antídoto más eficaz para no envenenarme de añoranza ha sido confiar en que lo mejor está por llegar. Pero llegado hasta aquí es conveniente aceptar que madurar supone acostumbrarte a decir adiós a sueños, objetos, oportunidades y, claro, a personas. A veces por deseo propio y otras porque lo decide otro dándote un disgusto o un empujón o yéndose del todo, que es un adiós muy sonoro, muy acentuado en la o.

En un tiempo en que felicidad es sinónimo de acumular he llegado a la conclusión de que avanzar significa desprenderse. Aprender a ser un Ex. Seguir remando sin dedicar ni una mirada a comprobar cómo la estela se desdibuja en el mar. De la madurez sólo temo perder la inocencia. He disfrutado la sensación de vivir algo único pese a estar rodeado de miles de personas como yo.  Intentaré mantener esa ingenuidad. Los años son cada vez más cortos pero los días son largos. Tanto como uno desee imaginar.

 

Publicado en el diario vasco el domingo, 11 de septiembre de 2022.

Foto.- Vista cansada. Pasillo del dabadaba.- San sebastián.

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