Frontera
05.05.2013

 

Blanco París

 

Me gusta vivir en la frontera. Estar entre dos partes. Dudar de todo y de mí mismo. Cruzarme y encontrarme. No casarme con unos ni con otros. No abrazar bando ni bandera. Crecer a ambos lados del debate y no echar raíces en ninguno. Me gusta llevar un equipaje ligero y permeable. Aprender de los demás. Despertarme cada día sin las opiniones aún formadas. No comprar ideas ya cocinadas.

En tiempos globales y diversos no se entiende una sociedad atrincherada. Hay una barrera que separa las creencias, los pensamientos y las castas. Un límite que distingue lo bueno de lo malo. El  conmigo del contra mí. Construimos las barricadas con prejuicios. Trazamos líneas que dividen las sonrisas por colores.

No es fácil vivir en la frontera. No es cómodo aquel que duda por sistema. No estar alistado en ningún bando es figurar, en otra lista, en ambos lados.

Siempre hay dos puntos de vista desde los que observar la valla. En uno, tus mentiras son mis verdades absolutas. Lo siento pero mis ideas no serán los ladrillos que levanten ese muro. Donde yo habito no necesito pasaporte porque aún pesa el valor de la palabra.

Yo prefiero vivir en la frontera. Salir de mi entorno, escapar de la jaula. Traspasar los límites de mi propio entendimiento. Explorar cómo es la vida más allá de mis creencias. Tallar mis propias respuestas y olvidar las que venían cinceladas. Romper los mapas y volver a dibujarlos.

A lápiz, para poder borrarlos cada día.

 

Publicado en El Diario Vasco el Domingo 14 de Abril de 2013.

Foto.- Blanco. París.

4 comentarios:

  1. Felipe dice:

    ‘Donde yo habito no necesito pasaporte porque aún pesa el valor de la palabra’. Gracias especiales por esta frase en particular, Guille.
    Dividir ha sido siempre maniobra elemental para mantener el control, y aunque comprendo que las convicciones están muy arraigadas a nuestro alrededor, deberíamos considerar que todo aquello que aparentemente rechazamos y nos distancia de los demás también está en igual medida presente en nuestra condición. Es obvio que desde antiguo se han trazado límites, restricciones y fronteras. Creo que no es más que un reflejo de nuestra propia dualidad interior. Es el filo de la navaja, una línea de tiza, una alambrada o ese muro que comentabas erigido dentro de nuestra propia consciencia. Nosotros mismos lo hemos fijado para separar aquello que elegimos vivir de aquello que rechazamos y que es inherente a nuestra naturaleza.
    No está nada mal traspasar ese límite que sostiene nuestro propio miedo y abandonar nuestra zona de confort acostumbrada para explorar con amor qué hay más allá. Sólo necesitamos -como afirmaba la voz en off de Christopher Reeve en aquel comercial de AOL- ‘emplear nuestro corazón como brújula para poder cruzar el universo’.
    Las fronteras existen, es recomendable reconocerlas. Pero no es obligatorio asumirlas.
    A la recomendación musical de Susana quiero sumar algo que no es exactamente una canción -ni siquiera más reciente- sino algo antiguo relativo a la música a través del silencio. Junto a los magníficos ‘On the border’ de los Eagles o Al Stewart, sugerir una relajación de las tensiones y el estrés (al estilo del ‘Año del Gato’ vietnamita) para conectar con proyectos como Song Without Borders y así colaborar a difuminar ciertos límites (borders, boundaries, frontiers…) que siempre acaban resultando artificiales. No es preciso comulgar, basta con escuchar la idea.
    Os dejo el enlace.
    http://www.songwithoutborders.net/beginning
    En especial Hymn to The Great Song w/ Br. David Steindl-Rast
    http://m.youtube.com/watch?v=fFF_0cDHqYY&desktop_uri=%2Fwatch%3Fv%3DfFF_0cDHqYY

    Abrazos

    • guille dice:

      Gracias, Felipe, por tu aportación.

      Yo nací en la frontera, también físicamente. En concreto, en Irún.
      Una ciudad fea con una identidad mestiza, abierta e independiente.

      Por Irún pasó la emigración, portuguesa y española, en los 60.
      Por Irún pasan hoy los magrebíes que todos los veranos viajan desde las banlieues de las grandes ciudades francesas hasta sus orígenes.

      En Irún se quedan a vivir aquellos a quien no dejan cruzar o los expulsados del país vecino.
      Mi abuela, alemana, y mi abuelo, italiano, tuvieron que abandonar Francia al término de la 2ª Guerra y, gracias a eso, yo estoy hoy aquí.

      Creo que esa frontera física determinó esa mentalidad ” fronteriza ” de la vida.
      Así que, gracias Irún.

      Y a ti, Felipe, muchas gracias por las referencias. saludos.

  2. susana dice:

    Me gustó mucho esta columna cuando la leí hace poco en el diario.
    Recuerdo que pensé que a mí también me gustaría vivir más a menudo en esa frontera de la que hablas. Reconozco que me cuesta a veces.
    Intento entonces hacer caso a mi chico, que dice que las cosas no son nunca ni blancas ni negras, sino a menudo grises, o negras y blancas, o cualquiera de los dos colores pero con matices… Él es sin duda más equilibrado y templado que yo, que me dejo llevar muchas veces por mi vehemencia y pasión en casi todo lo que hago.
    Pero lo seguiré intentando. Porque comparto lo que dices en este bonito texto. Y porque está muy bien eso de pensar, sentir y vivir “on the border”.
    ¿Recuerdas que chula aquella canción de Al Stewart del disco “Year of the cat”? A los más jóvenes lectores de este blog les recomiendo su escucha si no la disfrutaron en su día. Y, ya puestos, también el álbum “On the border” de los Eagles, éste es aún más viejo.
    Se admiten otras recomendaciones más recientes, por supuesto.

    • guille dice:

      Yo tengo ventaja porque soy de Irún. Je, je.

      Me gusta la frontera porque me gusta dudar.
      Siento la pasión pero me da miedo lo cerca que está el apasionamiento del fanatismo.
      En fin, los fronterizos son incómodos y suelen sobrar porque son difíciles de clasificar y de guardar en un casillero…

      ¡ Un beso !

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